Dicen que la gente normal anestesia los recuerdos traumáticos para que se queden en un segundo plano del catálogo de su memoria. Yo nunca he sido normal, así que lo olvido todo.
Es probable que no sepa discernir si duelen más los recuerdos malos o los buenos. Y de pronto un día, un olor, sin saber porqué, me hace girar la mirada. Y otro día, de repente, me veo recordando a aquel gato blanco de la infancia, el que fue como un ángel que vino a salvaguardar nuestras vidas y luego desapareció, haciéndome sentir culpable durante los próximos quince años. Y de repente me veo los siguientes quince años empapelando mi vida de blanco, sin saber porqué.
Una noche cualquiera del invierno pasado me vi a mí misma perdida por Varsovia, tirando de la maleta a oscuras, buscando un hostal donde dormir.
Ese sistema para enumerar las calles y los bloques eran jeroglíficos para mí, pero salí de allí y acabé en un tren dirigido al extremo sur del país. Quizá los acontecimientos aparentemente normales son traumáticos para mí, y por eso olvido. O todo lo relacionado con la libertad conlleva responsabilidad, y toda responsabilidad conlleva algo de pánico, y todo eso.
En cualquier caso, acabé en un pueblo de ensueño, (las instantáneas que tomé me hacen las veces de memoria fotográfica). Me gustaría hablar del olor que emanaba de las chimeneas mezclado con la lluvia, pero ya no sé si es una sensación que recuerdo o que imagino. También de las montañas enmarcadas en pinos, esas que van dejándose ver a través de las nubes en una escena que te hace sentir pudor por la inmensidad, como en un cuadro de Friedrich.
Entre todo aquello, había una vaca a la que llamábamos Clara, que sin hablar me acompañaba mucho más que los humanos que me acompañaban.
La vida discurre ante mis ojos como una concatenación de hechos absurdos con detalles grandiosos. Los primeros suelen estar llenos de ruido y los segundos transcurren en silencio.
En definitiva, aquel era uno de esos paisajes que en el mundo aparentemente civilizado ves en fondos de pantalla, y piensas 'cuándo volveremos a conectar con el sitio del que procedemos'.
Terminé de igual modo pensando... ¿cómo he acabado aquí, comiendo carne de estofado mezclada con lentejas ante la atenta mirada de un pájaro disecado que cuelga de lo alto de un minibar de madera, en la casa donde la gente hace bodas tradicionales polacas ficticias, y vienen personas de todo el mundo a hacer seminarios, a esquiar, a hablar de la salud en Europa... A rodearse de naturaleza, para ver si al chip averiado que tenemos le da por hacer click, y se nos cura toda la fiebre de un plumazo?
Pero después del seminario salen a fumar, beber, escuchar música comercial que habla de posesiones, acosar, simular perder la consciencia y conciencia todo de golpe, y volver a creer en la propiedad privada por encima del bien común. En el egoísmo por encima del cuidado mutuo.
Entonces me habla la voz de esa niña del libro, que tuvo que dejar de ver a su amigo porque ella se pasaba la vida buscándole al árbol su sentido perdido, mientras que para él un árbol no era más que un árbol.
La gente que “olvida" busca constantemente el sentido perdido a las cosas. En algún lugar de nosotras sabemos que hay algo erróneo en todo esto, y que no basta. Que no debería bastar con vivere-habitare-tenere-habere en sentido etimológico. Que es preciso buscarle el sentido perdido.
Es probable que no sepa discernir si duelen más los recuerdos malos o los buenos. Y de pronto un día, un olor, sin saber porqué, me hace girar la mirada. Y otro día, de repente, me veo recordando a aquel gato blanco de la infancia, el que fue como un ángel que vino a salvaguardar nuestras vidas y luego desapareció, haciéndome sentir culpable durante los próximos quince años. Y de repente me veo los siguientes quince años empapelando mi vida de blanco, sin saber porqué.
Una noche cualquiera del invierno pasado me vi a mí misma perdida por Varsovia, tirando de la maleta a oscuras, buscando un hostal donde dormir.
Ese sistema para enumerar las calles y los bloques eran jeroglíficos para mí, pero salí de allí y acabé en un tren dirigido al extremo sur del país. Quizá los acontecimientos aparentemente normales son traumáticos para mí, y por eso olvido. O todo lo relacionado con la libertad conlleva responsabilidad, y toda responsabilidad conlleva algo de pánico, y todo eso.
En cualquier caso, acabé en un pueblo de ensueño, (las instantáneas que tomé me hacen las veces de memoria fotográfica). Me gustaría hablar del olor que emanaba de las chimeneas mezclado con la lluvia, pero ya no sé si es una sensación que recuerdo o que imagino. También de las montañas enmarcadas en pinos, esas que van dejándose ver a través de las nubes en una escena que te hace sentir pudor por la inmensidad, como en un cuadro de Friedrich.
Entre todo aquello, había una vaca a la que llamábamos Clara, que sin hablar me acompañaba mucho más que los humanos que me acompañaban.
La vida discurre ante mis ojos como una concatenación de hechos absurdos con detalles grandiosos. Los primeros suelen estar llenos de ruido y los segundos transcurren en silencio.
En definitiva, aquel era uno de esos paisajes que en el mundo aparentemente civilizado ves en fondos de pantalla, y piensas 'cuándo volveremos a conectar con el sitio del que procedemos'.
Terminé de igual modo pensando... ¿cómo he acabado aquí, comiendo carne de estofado mezclada con lentejas ante la atenta mirada de un pájaro disecado que cuelga de lo alto de un minibar de madera, en la casa donde la gente hace bodas tradicionales polacas ficticias, y vienen personas de todo el mundo a hacer seminarios, a esquiar, a hablar de la salud en Europa... A rodearse de naturaleza, para ver si al chip averiado que tenemos le da por hacer click, y se nos cura toda la fiebre de un plumazo?
Pero después del seminario salen a fumar, beber, escuchar música comercial que habla de posesiones, acosar, simular perder la consciencia y conciencia todo de golpe, y volver a creer en la propiedad privada por encima del bien común. En el egoísmo por encima del cuidado mutuo.
Entonces me habla la voz de esa niña del libro, que tuvo que dejar de ver a su amigo porque ella se pasaba la vida buscándole al árbol su sentido perdido, mientras que para él un árbol no era más que un árbol.
La gente que “olvida" busca constantemente el sentido perdido a las cosas. En algún lugar de nosotras sabemos que hay algo erróneo en todo esto, y que no basta. Que no debería bastar con vivere-habitare-tenere-habere en sentido etimológico. Que es preciso buscarle el sentido perdido.